¡A cazar nos vamos!
Eso debió pensar mi primo Pablo cuando me vio con la escopeta de balines. Era una tarde de primavera en un campo de Quintana de la Serena, y mi hermano Juan y yo nos disponíamos a pegar unos tiros a latas, cartuchos usados y demás porquería como diana cuando Pablo nos dijo que se venía con nosotros. Según él, jamás había disparado. Y en verdad así era.
Anduvimos hasta una alameda cercana al cortijo donde vivíamos, y allí, en un billar de piedras, colocamos las dianas.Conforme íbamos dando en el blanco nos alejábamos más de él. Al principio fue fácil: 5 metros, 7 metros, 10 metros... no eran grandes distancias, pero la escopeta no estaba calibrada, así que tampoco podíamos alejarnos demasiado y usar la mira telescópica. Debido a esa gran desviación de la escopeta se igualó el asunto, acertábamos muy poco y fuimos alejándonos del blanco más o menos a la vez.
Llevábamos bastante sin acertar y empezamos a aburrirnos. Justo cuando decidimos irnos, en una roca plana por detrás del cartucho que usábamos como diana apareció una lagartija. La pobre bicha se quedó allí tumbada, ajena a lo que pasaba a su alrededor. La mirábamos todos sonrientes hasta que Pablo dijo "¿a que le doy?". Sin inmutarnos vimos como se olvidaba del cartucho y apuntaba con la escopeta cargada directamente al reptil. Disparó. Aquellas fueron las milésimas de segundo más lentas de toda mi vida. En ese preciso instante me dio la sensación de que aquel tiro iba a ser la primera vez que alguien daba muerte a un animal con mi escopeta. Y no me equivoqué. El diavolo cruzó el espacio que nos separaba del animal y el plomo aplastó su fina cabeza contra la dura roca en donde reposaba tranquila y calentita. El impacto del balín sonó como cuando un huevo se rompe al caer al suelo. El cuerpo totalmente inherte salió despedido y, tieso como un palo, aterrizó a metro y medio de la zona cero... ¡Menudo disparo, y eso que sólo un rato antes no le había dado ni una sola vez al cartucho!
En defensa de Pablo he de decir que no quiso en ningún momento acertar. De hecho, estuvo tristón el resto de la tarde, al igual que Juan y yo. Nos dolió bastante. La primera víctima de un cazador debe ser algo parecido a un amigo. Con la cabeza gacha nos volvimos al cortijo, y fue allí donde hice esta sesión de fotos un tanto gore, de la cual os dejo alguna:



Anduvimos hasta una alameda cercana al cortijo donde vivíamos, y allí, en un billar de piedras, colocamos las dianas.Conforme íbamos dando en el blanco nos alejábamos más de él. Al principio fue fácil: 5 metros, 7 metros, 10 metros... no eran grandes distancias, pero la escopeta no estaba calibrada, así que tampoco podíamos alejarnos demasiado y usar la mira telescópica. Debido a esa gran desviación de la escopeta se igualó el asunto, acertábamos muy poco y fuimos alejándonos del blanco más o menos a la vez.
Llevábamos bastante sin acertar y empezamos a aburrirnos. Justo cuando decidimos irnos, en una roca plana por detrás del cartucho que usábamos como diana apareció una lagartija. La pobre bicha se quedó allí tumbada, ajena a lo que pasaba a su alrededor. La mirábamos todos sonrientes hasta que Pablo dijo "¿a que le doy?". Sin inmutarnos vimos como se olvidaba del cartucho y apuntaba con la escopeta cargada directamente al reptil. Disparó. Aquellas fueron las milésimas de segundo más lentas de toda mi vida. En ese preciso instante me dio la sensación de que aquel tiro iba a ser la primera vez que alguien daba muerte a un animal con mi escopeta. Y no me equivoqué. El diavolo cruzó el espacio que nos separaba del animal y el plomo aplastó su fina cabeza contra la dura roca en donde reposaba tranquila y calentita. El impacto del balín sonó como cuando un huevo se rompe al caer al suelo. El cuerpo totalmente inherte salió despedido y, tieso como un palo, aterrizó a metro y medio de la zona cero... ¡Menudo disparo, y eso que sólo un rato antes no le había dado ni una sola vez al cartucho!
En defensa de Pablo he de decir que no quiso en ningún momento acertar. De hecho, estuvo tristón el resto de la tarde, al igual que Juan y yo. Nos dolió bastante. La primera víctima de un cazador debe ser algo parecido a un amigo. Con la cabeza gacha nos volvimos al cortijo, y fue allí donde hice esta sesión de fotos un tanto gore, de la cual os dejo alguna:



La dejé encima de la chimenea, dentro de un viejo cántaro de barro, para enseñársela a un tío que tengo, biólogo él, para que me ayudara a identificarla... Pero como se me olvidó, aquel cántaro fue su tumba hasta que meses más tarde, en plena batida de limpieza, una de mís tías lanzó al aire un alarido de terror: Había encontrado la momia de una lagartija con un agujero del cinco y medio en la cabeza.
Esta historia me trae a la mente muchas canciones: "Cazaores al acecho", "La muerte del animal", "En lo alto de un olivo"... así que mejor no os enlazo a ninguna. Como siempre hay que sacar el lado positivo de las cosas, os digo que con estas fotos que le hice (por lo menos aquellas en las que no sale con la mitad del cerebro que permaneció en su sitio al aire) ilustraré un post en Vida insólita sobre la lagartija ibérica, que espero que sirva para dar a conocer alguna curiosidad de esta especie.
Y ahora, alejándonos del sentimentalismo ecológico, decidme, ¿verdad que fue un tiro cojonudo?
Esta historia me trae a la mente muchas canciones: "Cazaores al acecho", "La muerte del animal", "En lo alto de un olivo"... así que mejor no os enlazo a ninguna. Como siempre hay que sacar el lado positivo de las cosas, os digo que con estas fotos que le hice (por lo menos aquellas en las que no sale con la mitad del cerebro que permaneció en su sitio al aire) ilustraré un post en Vida insólita sobre la lagartija ibérica, que espero que sirva para dar a conocer alguna curiosidad de esta especie.
Y ahora, alejándonos del sentimentalismo ecológico, decidme, ¿verdad que fue un tiro cojonudo?







